
Cuando el aula va más rápido que yo
Cuando el aula va más rápido que yo
Hay días en los que siento que el aula se me adelanta. No porque pase algo especialmente complicado, ni porque el grupo esté más movido de lo normal. Es algo más sutil: como si el ritmo del aula fuera por una autopista… y mi cuerpo todavía estuviera arrancando en segunda.
En esos momentos, no es el aula lo que me desborda. Es el desfase entre lo que ocurre fuera y lo que ocurre dentro de mí. Cuando esos ritmos no coinciden, lo noto enseguida: la tensión aparece, la mente se acelera y siento que voy un paso por detrás de todo.
Esa sensación de ir un poco detrás de todo
Cuando esto me pasa, reconozco muy rápido ese contraste:
Ellos van rápido, yo voy lenta.
Ellos están muy arriba, yo vengo más abajo.
O directamente, cada uno estamos en mundos distintos.
Y acompañar desde ahí cansa muchísimo. Me esfuerzo más para escuchar, para sostener, para mantener la convivencia… y aun así siento que no llego. No porque falte profesionalidad, sino porque estoy acompañando desde un estado interno que no coincide con el externo.
Acompañar sin sincronía es agotador
Algo que he ido entendiendo —a base de vivirlo y repetirlo— es que la regulación emocional no empieza en el aula. Empieza en el cuerpo.
Empieza en cómo respiro, en la tensión que llevo acumulada, en la velocidad con la que pienso, en cuánto espacio tengo por dentro para sostener lo que llega desde fuera. Cuando mi estado interno y el ritmo del aula no se encuentran, todo se vuelve más difícil:
me cuesta más leer al grupo,
me desgasto antes,
me noto reactiva,
y pierdo claridad.
No es un fallo. Es un desfase. Y mi cuerpo me está pidiendo un encuentro.
La parte que nadie ve
Desde fuera parece que simplemente estoy acompañando una actividad o gestionando una dinámica. Pero por dentro estoy intentando entrar en su ritmo sin perder el mío. Esa danza interna nadie la ve, pero condiciona mi día entero.
Muchas educadoras vivimos esto. Ese “no sé por qué hoy todo me cuesta el doble”. Ese sentir que el aula va demasiado rápido o que yo voy demasiado lenta. Y no lo hablamos lo suficiente.
Cuando logro sincronizarme, algo cambia
No hablo de técnicas ni de hacer nada complejo. Hablo de algo más sencillo: ese momento en el que consigo encontrar el punto medio entre lo que traigo y lo que encuentro al llegar.
Cuando me coloco, el aula también se recoloca. No perfecto. Pero sí más humano. Más posible. Más respirable.
Una pregunta para los días demasiado rápidos
Cuando siento que todo va demasiado rápido, me pregunto por dentro:
“¿Qué parte de mí necesita parar un segundo?”
No para encontrar una respuesta exacta. Solo para volver a mí. Ese gesto —mínimo, silencioso, propio— cambia la forma en la que acompaño al grupo.
Porque no se trata de velocidad. Se trata de encuentro. Y ese encuentro empieza dentro de mí antes de que pueda darse fuera.
Si alguna vez sientes que el aula va más rápido que tú y quieres explorar cómo acompañarte por dentro para sostener mejor tu día, el Método WISE puede ayudarte a encontrar ese punto de equilibrio.




