
Adaptación al colegio: por qué la segunda semana cuesta
Hay una escena que se repite cada septiembre en la puerta de las aulas. Siempre hay alguna madre o padre que dice, casi disculpándose: “No lo entiendo, la primera semana entró perfecto y ahora no quiere ni bajar del coche”. La adaptación al colegio no es una línea recta que va de peor a mejor, y esa segunda semana desconcertante tiene una explicación. Como maestra de infantil, llevo años viendo el mismo patrón: el bajón casi nunca llega el primer día. Llega cuando la novedad se apaga.
En este artículo te cuento qué está pasando en esos días, qué señales son esperables, cuáles conviene observar de cerca y qué puedes hacer en casa esta misma semana.

Por qué la segunda semana de colegio cuesta más que la primera
Los primeros días funcionan casi como una excursión. Todo es nuevo: la mochila, el perchero con su foto, los juguetes que no conoce, una maestra que le sonríe mucho. La novedad sostiene. El niño está más ocupado explorando que echando de menos.
El problema es lo que sucede después. Cuando el colegio deja de ser novedad y se convierte en una rutina, el niño hace un descubrimiento incómodo: esto no era un día especial; esto va a ser todos los días. Y entonces es cuando aparece la protesta.
A eso se suma el cansancio acumulado. Una jornada de infantil exige muchísimo a un cuerpo de tres años: estar con veinte niños más, esperar turnos, contener el pipí, entender consignas nuevas, comer en un comedor ruidoso. En la primera semana la adrenalina compensa. En la segunda, no.
Si te sirve el marco que ya usamos en el blog: no es un retroceso, es que el cuerpo va más lento que el calendario. Lo desarrollamos en nuestro artículo sobre cómo preparar la vuelta al cole a los niños y los adultos.
Los retrocesos: qué es normal en la adaptación al colegio y qué merece atención
Esta es la parte que más tranquiliza a las familias con las que hablo; por eso la menciono tan pronto.
Durante las primeras semanas es esperable que aparezcan conductas que ya parecían superadas. La web de Familia y Salud de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria describe cómo se manifiesta la adaptación a la escuela y recoge algo importante: muchos niños lloran al ser dejados por la mañana, algunos duermen o comen peor, se aferran a su peluche o trapito, y hay quienes están bien en clase pero en casa se comportan como si fueran más pequeños o tienen más rabietas. Son manifestaciones de la ansiedad por separación, no señales de que algo se haya roto.
En la práctica, esto es lo que veo con más frecuencia entre el día cuatro y el día quince:
Escapes de pipí en un niño que ya controlaba
Sueño alterado: despertares nocturnos, resistencia a acostarse, pesadillas
Menos apetito, sobre todo en la comida del colegio
Más rabietas en casa que en el aula (es lo habitual: se sostienen todo el día y descargan donde se sienten seguros)
Vuelta a hablar “de bebé” o a pedir cosas que ya hacía solo
Llanto que empieza tarde, en el día tres, cuatro o cinco.
Y ahora la otra mitad, que también hay que decir. Conviene hablarlo con la maestra y consultar con el pediatra si el rechazo se mantiene con la misma intensidad pasadas cuatro o seis semanas, si aparecen síntomas físicos recurrentes ligados a la separación (dolor de tripa, vómitos, dolores de cabeza cada mañana), si el niño no llega a conectar con nadie en el aula, o si el malestar le impide dormir, comer o jugar de forma sostenida. No es alarmismo: es que cuanto antes se detecta, se acompaña mucho mejor.

De “periodo de adaptación” a “tiempo de acogida”: un cambio de mirada
Hay un giro que en los últimos años ha ido calando en las escuelas infantiles y que a mí me cambió la forma de vivir septiembre. Una investigación publicada en la Revista Complutense de Educación, realizada con 115 profesionales de educación infantil de la Red Municipal de Escuelas Infantiles de Vitoria-Gasteiz, propone dejar de hablar de “periodo de adaptación” y pasar a hablar de “tiempo de acogida”. Sus conclusiones apuntan a que acoger implica aceptar a cada niño con lo que trae afectivamente, para que se creen vínculos nuevos que le den seguridad, en lugar de obligarle a encajar en una estructura rígida definida de antemano.
La diferencia parece vocabulario, pero no lo es. “Adaptarse” pone el trabajo en el niño: él es quien tiene que cambiar para encajar en el colegio. “Acoger” pone el trabajo en los adultos: nosotras y vosotros somos quienes tenemos que sostener mientras el niño construye seguridad.
Para ti, en casa, esto se traduce en algo muy concreto: el objetivo de esta semana no es que tu hijo deje de llorar. Es que se sienta que su malestar cabe, que no molesta, y que alguien lo sostiene. Lo primero llegará solo cuando llegue lo segundo.
Lo que he observado en mi aula entre el día 4 y el día 15
Suelo tener una libreta pequeña a mano (llevo el bolígrafo atado a la libreta para que siempre sean un conjunto). Esas primeras semanas procuro tenerla siempre cerca. Lo uso para apuntar observaciones que veo rápidamente. Los cambios son muy rápidos en estas semanas y se olvidan. Os explico dos casos, cambiando los nombres:
Nico entró la primera semana sin una lágrima. Se despedía de su madre con la mano, feliz. El miércoles de la segunda semana tiró la mochila al suelo a mitad de camino entre el coche y la entrada. De ahí no quiso avanzar. Su madre estaba muy preocupada, pensando en qué había hecho mal esa mañana. No fue nada que hizo o no hizo esa mañana. Nico, simplemente ya cansado, se rebotó a cumplir esa rutina. Varios días después, las entradas fueron dificultosas, igual que la recibida de su madre cuando le recogía luego. Reconozco que durante su estancia en el colegio estaba fantástico. Diez días más tarde volvimos a unas entradas tranquilas.
Alicia lloraba durante los primeros cinco minutos estando en el aula. De ahí se enganchaba al construir con las losas magnéticas, y a partir de ese momento pasaba un día tranquilo. A ella le solía dejar su padre, y lo pasaba fatal dejándola llorando. Le empecé a mandar fotos a media mañana, y el cambio fue brutal. Hacia el final de la segunda semana empezó a no llorar en la despedida, salvo un par de días sueltos.
Lo que estos dos casos muestran es que el llanto no es un indicador fiable de cómo va la adaptación al colegio. Lo que sí lo es: si es niño, acepta consuelo, si consigue engancharse a actividades y si no muestra señales como las que hemos comentado que son para incluir a un pediatra. Sobre ese último punto escribimos en el artículo sobre lo que tu hijo necesita de ti en la transición a septiembre, donde entramos a fondo en la despedida y el reencuentro.
Cinco gestos para acompañar la adaptación al colegio esta semana
Nombra el bajón antes de que él lo haga. “Hoy igual te apetece menos ir, es normal, la segunda semana suele ser la más cansada”. Anticiparle le quita al niño la sensación de que le pasa algo raro.
No amplíes el tiempo de despedida. Cuando el niño protesta, el impulso es quedarse más. Suele funcionar mantener las cosas igual que siempre. La previsibilidad regula más que la duración.
Baja las exigencias en todo lo demás. Esta no es la semana para quitar el pañal de noche, empezar extraescolares ni cambiar de cama. Un frente a la vez.
Cuida el sueño por encima de cualquier otra cosa. El cansancio acumulado amplifica todo lo demás. Adelantar el baño y la cena veinte minutos hace más por la adaptación que cualquier conversación.
Pregunta menos y ofrece más. En vez de un interrogatorio a la salida (“¿qué has hecho?, ¿con quién has jugado?, ¿qué has comido?”), prueba con un rato de contacto: cogerle en brazos, sentarte en un manco, merendar sin prisa. Lo que necesita contar lo contará después, normalmente en el baño o antes de dormir.
Si quieres profundizar en cómo encajan las rutinas de casa en todo esto, lo tratamos en el artículo sobre rutinas y transiciones entre colegio y vacaciones.

Cuando el inicio de curso se interrumpe
Ese septiembre, además, hay comunidades donde el arranque del curso viene con convocatorias de huelga y movilizaciones. En la mayoría de los casos, las maestras de infantil se organizan entre ellas para poder ofrecer un buen apoyo a los alumnos. De todas formas, si ves que va a estar afectando la creación de rutinas que es este periodo, te aconsejo tres cosas:
Cuéntaselo antes, en su lenguaje y sin dramatizar. “Mañana el colegio está cerrado y el jueves volvemos”. Cuéntale dónde estará y qué hará.
Mantén el resto de anclajes. Si no hay colegio, que al menos haya el mismo desayuno, la misma hora de siesta y el mismo cuento. La rutina de casa amortigua la del colegio.
Cuenta con que el día siguiente puede costar más. No es un retroceso, es un reinicio parcial. Se recupera antes que la primera vez.
Preguntas frecuentes de otras familias
¿Cuánto dura la adaptación al colegio? Depende mucho de cada niño, y esa variabilidad es lo normal. Con frecuencia hablamos de dos a cuatro semanas para que el niño entre tranquilo la mayoría de los días, aunque hay procesos más largos que también son sanos. Más que contar días, mira la tendencia: si cada semana hay progreso, el proceso va bien aunque haya días malos.
Mi hijo no quiere ir al colegio y ya llevamos dos semanas. ¿Debo preocuparme? Dos semanas está dentro de lo esperable, sobre todo si al recogerlo se recompone y la maestra te cuenta que durante la jornada juega y come. Lo que conviene mirar es si el rechazo es igual de intenso pasadas cuatro o seis semanas, o si aparecen síntomas físicos cada mañana. En ese caso, habla con la maestra y coméntalo en la revisión con el pediatra.
¿Es peor la adaptación si ya fue al colegio el año pasado? No es peor, es distinta. Los niños que repiten curso en el mismo centro suelen adaptarse antes, pero muchos tienen un bajón igual en la segunda semana, sobre todo si han cambiado de aula o de maestra. Lo que se adapta no es solo al edificio: es al vínculo nuevo.
¿Le ayudo o le perjudico si le llevo su peluche? Le ayudas. El objeto de apego es un puente entre casa y escuela, y cumple su función real de regulación. Consulta con la maestra cómo lo gestiona el centro, pero de entrada es un recurso, no una debilidad.
¿Y si la que lo está pasando mal soy yo? Es muy frecuente y se habla poco. Tu propia ansiedad en las despedidas es información que el niño lee al instante. Cuidarte, buscar apoyo y hablar con la maestra sin culpa no es un extra: forma parte del acompañamiento.
Tu turno
Si estás en plena segunda semana, te propongo algo concreto: elige un solo gesto de los cinco de arriba y sosténlo cinco días. Y observa qué cambia.
¿En qué momento del día notas más bajón de tu hijo, en la entrada o en la salida? Cuentánoslo. Nos ayuda mucho a todas leer cómo lo estáis viviendo en otras casas y otras aulas.




